Jueves 30 de abril 2026
Por Madelin Peña
Santo Domingo.-En la República Dominicana, manejar ya no es simplemente trasladarse de un punto a otro; es, muchas veces, un acto de supervivencia. Y en ese escenario caótico, la presencia de la Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre, mejor conocida como DIGESETT, en túneles y elevados, ha abierto un debate inevitable: ¿estamos ante una autoridad que organiza o ante “niñeros” obligados a vigilar lo que la ciudadanía se niega a cumplir?
Ver agentes apostados en elevados, vigilando que motociclistas no invadan estas vías restringidas es una imagen que mezcla alivio y preocupación. Alivio, porque alguien intenta poner orden. Preocupación, porque evidencia que el desorden ha llegado a niveles donde se necesita supervisión permanente para evitar tragedias.
El problema no es nuevo, pero sí cada vez más visible. Motocicletas circulando en túneles, en sentido contrario, sin casco, desafiando no solo la ley, sino la lógica más básica de seguridad. Mientras tanto, conductores imprudentes y peatones desprotegidos completan el retrato de un sistema vial donde las normas parecen opcionales.
Las cifras hablan por sí solas, más de dos mil muertes por accidentes de tránsito en un año, y la mayoría vinculadas a motocicletas. No es una estadística fría; es una señal de alarma. Es la prueba de que el tránsito en este país dejó de ser un tema de movilidad para convertirse en un problema de salud pública.
Entonces surge la pregunta incómoda: ¿por qué hay que ralentizar el tránsito o vigilar lo evidente? ¿Por qué se necesita un agente para impedir que alguien haga lo que claramente está prohibido? La respuesta es simple, falta de educación vial.
La DIGESETT no debería ser vista como “niñera”, pero en la práctica lo es. No porque esa sea su función ideal, sino porque la realidad la obliga. Cuando las normas no se respetan por convicción, toca hacerlas cumplir por presencia.
Sin embargo, colocar agentes en elevados no puede ser la solución definitiva. Es un parche necesario, pero insuficiente. La verdadera transformación debe venir de la educación, de la aplicación rigurosa de sanciones y de una conciencia colectiva que entienda que manejar con imprudencia es riesgo de muerte.
Mientras no cambiemos la forma de conducir, la DIGESETT seguirá ahí, no como símbolo de autoridad, sino como recordatorio de que en nuestras vías, todavía necesitamos quien nos cuide de nosotros mismos, ¡pero a qué costo.!

