Viernes 7 de agosto 2026
Santo Domingo.-Hablar del sistema eléctrico en República Dominicana casi siempre conduce a la misma discusión: los apagones, las averías y la calidad del servicio. Es un reclamo legítimo. Todo ciudadano tiene derecho a exigir un suministro continuo, estable y eficiente.
Sin embargo, quizás ha llegado el momento de formular una pregunta distinta: ¿puede existir un sistema de luz 24 horas cuando una parte importante de la energía que se distribuye no se paga?
La respuesta no puede construirse desde la emoción ni desde la conveniencia. Debe partir de una realidad técnica, económica y financiera que con frecuencia queda fuera del debate público.
Las empresas distribuidoras tienen la responsabilidad de invertir, ampliar las redes, instalar nuevos transformadores, modernizar subestaciones y responder con rapidez a las averías. Esa obligación no admite excusas y debe cumplirse en beneficio de la población.
Pero también existe otra realidad de la que se habla muy poco: las pérdidas eléctricas.
Detrás de ese indicador se esconden miles de conexiones ilegales, medidores manipulados, usuarios que nunca pagan el servicio y, en no pocos casos, grandes consumidores que, teniendo capacidad económica, deciden robar energía. Estas prácticas afectan la sostenibilidad del sistema y limitan la capacidad de continuar invirtiendo en infraestructura y mejoras del servicio.
Frente a este escenario surge una interrogante inevitable: ¿debe priorizarse llevar luz 24 horas a circuitos donde las pérdidas continúan siendo extremadamente elevadas o concentrar primero los esfuerzos en construir una cultura de legalidad y pago que permita sostener ese servicio en el tiempo?
No es una pregunta cómoda, pero sí necesaria.
La electricidad no funciona únicamente con transformadores, redes e inversiones. También depende de la confianza, la responsabilidad y el cumplimiento de las obligaciones tanto de las empresas como de los usuarios.
Lo preocupante es que esta parte de la historia rara vez ocupa los titulares. El debate público suele concentrarse en las deficiencias de las distribuidoras —que sin duda existen y deben corregirse—, pero pocas veces analiza con la misma intensidad el impacto del fraude eléctrico, el hurto de energía y la baja cultura de pago.
Quizás por eso las empresas distribuidoras terminan siendo, casi siempre, las únicas protagonistas de una película cuyo guion tiene muchos más actores.
Se cuestiona la calidad del servicio, pero pocas voces preguntan quién paga realmente la energía que consume. Se exigen más inversiones, pero casi nunca se discute cómo pueden sostenerse financieramente cuando una parte importante de la electricidad entregada no se factura o simplemente no se cobra.
También llama la atención el poco espacio que este tema ocupa en la agenda de muchos líderes de opinión, comunicadores y actores sociales. Una discusión tan determinante para el futuro energético del país merece una mirada más amplia, equilibrada y responsable. Contar solo una parte de la historia puede generar titulares, pero difícilmente generará soluciones.
El país necesita exigir distribuidoras más eficientes, transparentes y con mejor capacidad de respuesta. Eso no está en discusión.
Pero también necesita exigir una sociedad más comprometida con la legalidad, donde el fraude eléctrico deje de verse con tolerancia y pagar la energía consumida sea entendido como un deber ciudadano.
No se trata de escoger entre reducir pérdidas o garantizar luz 24 horas. Ambos objetivos son inseparables. La experiencia demuestra que un servicio continuo solo puede mantenerse cuando existe un equilibrio entre la calidad que ofrece la empresa y el compromiso de quienes reciben el servicio.
Mientras el debate continúe incompleto, las distribuidoras seguirán siendo las principales villanas de la historia y el país continuará buscando respuestas sin atreverse a discutir una de las causas fundamentales del problema.
Al final, la pregunta no es únicamente cuándo tendremos luz 24 horas.
La verdadera pregunta es si estamos dispuestos, como sociedad, a hacer lo necesario para que esa luz pueda mantenerse encendida.

