La delincuencia no se cura con plomo
Domingo 27 de Septiembre 2026
Por Rafael Amador Figaris
Santo Domingo.-En los últimos días he visto con preocupación las muertes de jóvenes durante intervenciones policiales. Cada caso nos obliga a volver sobre una pregunta que el país lleva años discutiendo: ¿cómo enfrentamos la delincuencia sin dejar de mirar sus causas?
Nadie debería perder la vida por un celular, un motor o cualquier bien conseguido con esfuerzo. Tampoco se le puede exigir a un policía que se deje matar. Si un agente enfrenta una agresión armada, tiene derecho a defender su vida y la de los demás conforme a la ley. Mi preocupación es otra: creer que la muerte de quien delinque resuelve el problema.
Según un levantamiento extraoficial citado por Diario Libre, 27 personas fallecieron durante intervenciones policiales solo en septiembre. Días antes, el medio había situado en 180 el acumulado del año. Ante esas cifras, cabe preguntarse: ¿vamos a resolver la delincuencia con plomo?
Creo que no. La muerte de una persona puede poner fin a una agresión concreta, pero no elimina las condiciones que llevan a otros jóvenes por el mismo camino. Hoy muere uno; mañana puede aparecer otro. Por eso debemos preguntarnos qué ocurre antes de que un muchacho llegue a tener un arma en las manos.
A veces comenzamos a perderlo cuando deja de asistir a la escuela o de cumplir con sus tareas y nadie averigua qué le pasa. También cuando llega a casa con objetos cuyo origen desconocemos y preferimos no preguntar. O cuando dejamos que su entorno y las redes sociales sean sus principales referentes.
El deseo de obtener dinero rápido también influye. Algunos jóvenes aspiran a tener prendas, ropa, un motor y otros lujos que ven exhibidos en las redes, pero quieren conseguirlos sin tiempo, trabajo ni un proyecto de vida. Aspirar a una vida mejor es legítimo. El problema comienza cuando, para alcanzar esos bienes, se decide quitarle a otra persona lo que obtuvo trabajando.
Hay, además, una necesidad de identidad y pertenencia. Un joven que no encuentra apoyo o reconocimiento en su familia, su escuela o su comunidad puede buscarlo en una banda. Si las bandas trabajan para reclutarlo, debemos preguntarnos qué estamos haciendo nosotros para llegar primero.
La prevención no puede comenzar cuando ese joven ya está atracando. Hay que conocer sus necesidades y capacidades, ayudarlo a descubrir sus intereses, acercarlo al deporte, la cultura y los oficios, y acompañarlo de manera constante.
Mi experiencia en educación, deporte, trabajo comunitario y reinserción social, incluidas las Casas del Redentor, me ha enseñado que las charlas pueden ayudar, pero no bastan. Debemos escuchar a los jóvenes y dar seguimiento a lo que ocurre después. De poco sirve reunir a cien un sábado, tomar una fotografía y no volver a saber de ellos.
Los resultados deben medirse con preguntas concretas: ¿cuántos continúan en la escuela?, ¿cuántos aprendieron un oficio o consiguieron empleo?, ¿cuántos practican deporte?, ¿cuántos lograron alejarse de las drogas o de un entorno que los ponía en riesgo?
También corresponde reconocer los avances. Según la Oficina Nacional de Estadística, la tasa de homicidios intencionales pasó de 21.1 por cada 100,000 habitantes en 2009 a 11.6 en 2023. Los datos consolidados de seguridad ciudadana indican que 2025 cerró con 951 homicidios intencionales y una tasa de 8.7. Son cifras positivas, pero no significan que el trabajo haya terminado.
La familia, la escuela, las iglesias, los clubes deportivos, las organizaciones comunitarias y las instituciones públicas tienen responsabilidades. La prevención comienza también en casa, cuando prestamos atención a lo que ocurre con nuestros hijos y actuamos a tiempo.
Debemos hablar, además, de reinserción. Si una persona cumple su condena y al salir de prisión nadie le ofrece una oportunidad de empleo, ¿qué posibilidades reales tiene de comenzar de nuevo? Reinsertar no es premiar el delito; es reducir el riesgo de que se repita.
Del mismo modo, toda intervención policial que termine en una muerte debe investigarse. Investigar no significa declarar culpable al agente. Si actuó conforme a la ley para proteger una vida, la investigación debe establecerlo. Y si hubo un abuso, también debe salir a la luz. No podemos permitir que la expresión «intercambio de disparos» sirva para encubrir una ejecución o un ajuste de cuentas.
Hay que enfrentar a quien delinque, apresarlo y llevarlo ante la justicia. Al mismo tiempo, debemos impedir que más jóvenes lleguen a ese punto. El plomo puede detener una agresión; no puede educar, ofrecer oportunidades ni reconstruir una vida.
Tenemos que llegar antes: antes del abandono escolar, antes de que una banda le ofrezca pertenencia, antes del dinero rápido, antes del arma y antes del atraco.
Sobre todo, antes de la muerte.